Un irresistible espectáculo de misterio y pasión que infunde una de las obras más queridas del ballet clásico del siglo XIX
"El humor es un refugio contra la desesperanza frente al final conocido de esta película"
El periodista leonés Germán Temprano publica su quinta novela. La crudeza de la vida contada con ironía fina en la "biografía autorizada de un don nadie"
Tomarse la vida con mucha sorna es una de las cualidades de Germán Temprano (León, 1962), un periodista de la 'vieja escuela' que ha hecho un mucho de todo en este maltrecho oficio del periodismo. Fue plumilla en la calle, jefe de prensa, tertuliano, asesor político y hasta opinador. Con todo, a pesar de la nostalgia por 'aquellos maravillosos años' que ya no volverán, el tipo se toma la vida con tal filosofía que se cachondea hasta de sus desgracias. No parece una mala táctica si lo que se busca es seguir disfrutando del privilegio de estar vivo aunque pinten bastos y te quedes sin curro. Cambió su ciudad natal por Madrid a los 5 años y desde hace un lustro disfruta junto al mar almeriense del mucho tiempo que le deja libre un desempleo nada deseable. Pasear con su perro Currito y despotricar sobre personajes de otros mundos que imagina -o no tanto- es su nueva ocupación. Temprano acaba de publicar su quinta novela, 'Cero a la izquierda' (ediciones KDP), que se parece mucho a su autor: no deja títere con cabeza y las risas están aseguradas. Pasen y lean...
- ¿Qué hace un periodista de León viviendo en Vera y escribiendo novelas desternillantes con fondo amargo?
- Bien podría decir que, pese a que todavía no lo estoy, como por aquí hay escasa obra pública y se juega poco a la petanca, ocupo de alguna manera esta vida de prejubilado, pero imagino que hay otras razones. Escribir es una manera de vivir más vidas o de recrear la propia, y algo debe de haber en mi caso. Como decía con fina ironía Fernán Gómez, yo también me siento altamente capacitado para no hacer nada, pero entre rato y rato, ya van cinco novelas. La última, como bien define, trata de robar una sonrisa a sensaciones y vivencias que, por su naturaleza, no tendrían ni puñetera gracia. De eso y de choques generacionales va ?Cero a la izquierda'.
- Para escribir, ¿nada como la playa y un pueblo lejos de todo?
- No especialmente. Si algo he aprendido en estos más de veinte años de proyectos narrativos es que si no te pones al tajo y esperas a que te venga la inspiración mientras contemplas arrobado una puesta de sol o te empapas del olor a azahar o a excremento de vaca, lo llevas claro. Por lo menos en mi caso. Otra cosa es que yo no tengo nada estructurado más que una frase o un suceso del que surge la narración, pero si no le echas horas, olvídate. Yo eso de la prosa espontánea de mi admirado Kerouac me lo he creído siempre regular.
- Arturo Bejarano, el protagonista de la novela, ¿es usted?
- No en toda su dimensión. Por ejemplo, yo conservo un estupendo pelo y él es alopécico, pero, como decía Unamuno, "hablo mucho de mí porque soy el hombre que tengo más a mano". No es una cuestión de ego, que sobredimensionado lo detesto, no así la confianza en uno mismo, sino de falta de aptitud para fabular vidas o historias a las que, de una u otra manera, uno no haya estado vinculado. Respecto al ?yoyoismo?, una epidemia potenciada por las redes sociales, intento huir como de la peste. Negar que se tiene cierta vanidad cuando escribes para que te lean es absurdo. Llamarte escritor o, más extremo, autodefinirte como artista, supera con creces los límites de mi pudor. Recurro -eso sí, con ironía- al término ?escritor de culto? que, en una época de eufemismos, resulta más apañado y menos hiriente para aquellos que vendemos poco y no nos dejan en la Feria del Libro ni firmar en la caseta del perro. Digamos que junto letras con cierta habilidad y me esfuerzo por darles sentido y musicalidad.
- ¿Saray existe?
- No sólo existe, sino que su especie amenaza con invadirnos. Todos tenemos un influencer dentro de nosotros y ahora, con tanto cachivache, se han desatado. De todo saben y lo peor es que lo graban porque creen que nos interesa.
- ¿Todo periodista lleva un escritor dentro? ¿Por qué le dio a usted por escribir?
- Si hablo por mí, nunca he sido un periodista intrépido, siempre me ha interesado más la forma que el fondo. Escribir con esmero, aunque no lo lograse, por encima de dejarme la vida por una exclusiva. Cuando más he disfrutado en estos más de treinta años de oficio -oficio que no hubiera cambiado por ninguno, también lo digo- ha sido como articulista de opinión, pasando temas a otros compañeros desde gabinetes de prensa o redactando discursos. Por tanto, es posible que en mí siempre haya latido la vocación de escribir, pero, sin duda, no voy a decir que soñaba con publicar una novela desde que era pequeño. Soñaba, también de mayor, con meter un gol jugando en el Madrid, con cantar flamenco como Terremoto de Jerez o con ser letrista de boleros, por poner tres ejemplos. Ninguno de los tres lo he alcanzado, pero no hay dolor, el fracaso me hace más humano.
- Hábleme de 'Cero a la izquierda', su quinta novela. ¿Por qué hay que leerla?
- Porque reírse nunca pasa de moda y creo que con 'Cero a la izquierda' lo consigues de manera frecuente. No voy a recurrir a la falsa modestia. Es una novela muy divertida porque yo me pongo alto el listón a la hora de echarme unas risas, y con ella me lo he pasado muy bien. Quienes ya han tenido la generosidad de adquirirla y me dan las gracias por hacerles reír colman todas mis aspiraciones. No hay personaje de la Marvel que supere el superpoder de hacer reír.
- ¿Cree en el humor como ingrediente fundamental para la supervivencia?
- Totalmente imprescindible. Para mí, el humor es una defensa contra las ofensas de la vida, un refugio contra la desesperanza frente al final conocido de esta película. Y cuando hablo de humor, no hablo, al menos en mi caso, de simpatía, ni de alegría de vivir. Precisamente, extraer una risa de los muchos reveses que te da la vida es una manera muy eficaz de hacerla frente y de lograr que, pese a todo, haya merecido la pena. Al fin y al cabo, es de lo que se trata.
- Cuenta con mucha ironía situaciones complicadas de la vida de muchas personas. ¿Cómo se lleva lo de quedarse sin trabajo después de una vida dedicada a la profesión?
- Si yo me quejara de mi situación, según está el mundo, sería insultante. Asumida la impotencia ante las barbaries, uno se ve obligado a convivir en su microcosmos, y el mío, claramente, se vio alterado hace cinco años cuando me quedé sin un trabajo estable que ya es un vestigio del pasado que no recuperaré, como tampoco mi peso ideal. Cuando me levanto más animado atribuyo al desempleo haberme permitido escribir 'Cero a la izquierda' y, cuando no lo estoy tanto, me voy a la playa con mi perro Currito, miro la línea añil de este maravilloso Mediterráneo y me reafirmo en que, pese a todo, me puedo sentir un privilegiado con subsidio de desempleo.
- ¿El desempleo espanta a los colegas, o los atrae para echar una mano?
- Entre colegas periodistas alguno debería hacer un reportaje para dejar claro que el paro no es contagioso, que te pueden mandar un mensaje o, incluso, ya a lo loco, llamarte un día sin riesgo de despido. Salvo contadas excepciones -sin duda siguen quienes más merecían la pena- han huido. Seguramente, también lo habré hecho yo, o sea que no hay reproche, sino constatación. Me cuesta más asimilar que hoy, que echar una mano puede ser tan sencillo como hacer clic para publicitar tu trabajo y no alcanzar la gloria literaria, sino llegar a fin de mes, la indiferencia sea tan mayoritaria. En todo caso, allá cada cual. Podría decir eso tan socorrido de "que no se vean ellos en las misma situación", pero nunca he sido de mentir, salvo en la mili, que me supusieron valor y no les llevé la contraria.
- Trabajó en medios y gabinetes de comunicación toda una vida. ¿Qué queda del periodismo tal y como lo conoció?
- A mí, tocaré madera para que me llegue la salud y no lo impida ninguna reforma, me quedará una más que digna pensión porque, aunque a los jóvenes periodistas les pueda parecer increíble, siempre trabajé con contrato, cotizando lo que me correspondía y con salarios dignos. Por eso decía que poca queja puedo tener. Respecto a la forma de hacer periodismo, daría para un tratado, pero, sin duda, me quedo con las redacciones que viví con humo, cerveza en las máquinas y salidas nocturnas y de amanecida al terminar los apurados cierres. Me críe en el oficio pasando crónicas desde cabinas y con el fondo del sonido del télex, y eso no lo cambio por nada. En mi hambre mando yo, y en mi nostalgia también.
- ¿Cuándo y por qué se le ocurrió a usted la feliz idea de ser periodista?
- Cuando descubrí que podía canalizar la curiosidad, a veces, por qué no decirlo, el mero cotilleo, a través de un oficio que me permitía saber cosas y contarlas. No sé si es el mejor oficio del mundo, que decía García Márquez, pero el periodismo que yo viví no lo cambiaría por nada. Me he reído mucho tanto en la facultad como en las redacciones, y eso nadie me lo va a quitar. Tampoco la melancolía de asumir que esos días nunca volverán.
- ¿Ha hecho amigos en la profesión?
- Creía que sí, pero no hay mejor prueba de algodón para saberlo que quedarte en paro. Menos mal que, con los nuevos tiempos, quienes te sepultan en vida luego tienen el recurso de escribirte un sentido 'obituitario' para recordar al mundo lo buena persona que eras. También, en el caso improbable de dar un pelotazo editorial, felicitarte por tu éxito cuando el principal para mí hubiera sido tenerles cerca cuando más falta hacían. Dejaré en mis últimas voluntades que se abstengan de exhibir condolencia alguna. Igual suena a resentimiento, pero lo bueno que tiene llegar a estas edades es que la única opinión que tienes seriamente en cuenta es la de tu urólogo.
- ¿Qué opina de los grandes premios literarios? ¿Hay tongo?
- Generalizar sería injusto. Fui jurado del Puente de Ventas del Ayuntamiento de Madrid durante varios años y fueron fallos totalmente democráticos. Dicho esto, creo que es importante distinguir la literatura de la industria editorial. Ninguna empresa te regala un pastizal si no tiene previsiones de que va a recuperarlo y, a ser posible, multiplicarlo. No voy de novelista marginal, aunque lo sea por mis ventas, o de incomprendido. Un negocio no entiende de metáforas. Tengo claro que no estaría ejerciendo la mendicidad literaria vendiendo puerta a puerta mi novela si tuviera un programa de TV o una columna en un diario de gran tirada, pero la vida es así, no la he inventado yo, que decía la canción. Dicho esto, que nos quieran convencer de que, de manera altamente frecuente, un seudónimo coincide con un personaje de relevancia mediática resulta tan absurdo como echarse las manos a la cabeza por ello. Yo, sin ir más lejos, estoy dispuesto a sacrificarme por forrarme con mi novela sin escrúpulo alguno.
- Se fue de León muy pequeño, pero aún recuerda el olor a lilas de su patio o las morcillas de Matachana con pan de hogaza... ¿qué más recuerdos le evoca su tierra de nacimiento?
- Muchos. Lugares y nombres. Decía la poeta Louise Glück, recientemente fallecida, que "miramos el mundo una vez, en la infancia. El resto es memoria", y yo estoy muy de acuerdo. Mi familia emigró a Madrid cuando yo tenía apenas cinco años, pero a ese tiempo se suman los viajes de visita, que eran todo un acontecimiento. La última vez que fui a comer con mis primos hice la ida y vuelta en el día. Nada que ver con esos trayectos de cinco horas ida y otras tantas vuelta en los buses plateados de Empresa Fernández, aunque para mi abuela, que, como mi madre, era de Almanza, eran "los de Martiniano", nunca supe por qué. Mis recuerdos de León están fijados en un triángulo geográfico con sus vértices en el barrio del Crucero, el de las Ventas y en un edificio de la calle Villafranca. Por ejemplo, en el cine Crucero vi Ben-Hur, la película que más me marcó en la infancia. Enfrente de la casa donde nací, en Obispo Álvarez Miranda, vivía Rosaluz, mi primer amor, que quedó recogido en mi primera novela, y en la misma calle estaba la lechería de Gasparín, que nos separaba la nata para echarle luego azúcar. En Las Ventas tengo muchas y queridas vivencias con mis primos, y recuerdos de personajes como Juanín o la señora Mere, o bares como el de Tano o el de Moi, o aquel frontón donde pegaban las carteleras del cine Ventas. En el edificio de la calle Villafranca, cerca de la peluquería Pierina que regentaba mi prima Pili, mis tías por parte de padre ejercían de porteras. Recuerdo el cartel de Radio León, y la presencia habitual -luego lo supe- del insigne Victoriano Crémer. También el hostal Orejas, y cómo mi madre fregaba las escaleras de ese edificio para sacarnos adelante. Y muchas cosas más que estaban en la trastienda de la memoria y que afloran cuando echas la vista hacia atrás, muy atrás...
- Y ahora, ¿por qué vive en Almería?
- Por amor. Primero por amor a una mujer que me atrajo hasta el Cabo de Gata hace más de tres décadas, y luego por amor a esas playas, ese clima y, sobre todo, a esa maravillosa luz mediterránea. Esa es la parte poética, pero, como todo en la vida, también hay una parte prosaica. La mujer me dejó y yo me pude comprar en su momento un pequeño apartamento en Vera Playa en el que resido. Por aquí la supervivencia es más llevadera. En todo caso, he de decir que yo soy de paisaje humano y que añoro mucho las tabernas y las risas con los amigos después de las mágicas palabras "pon otra ronda". No hay catedral, ni ruina maya que se puedan comparar a esa monumental grandeza...
- ¿Ya está en marcha su sexta criatura editorial?
- Está en marcha con algo de truco. Se trata de la segunda parte de 'Noche de lobas', con la que fui finalista del premio Azorín en 2019, que tengo pensado ampliar y publicar en un solo volumen. Hay dos personajes, dos periodistas de la vieja escuela de la que hablaba, que creo que pueden dar más juego. Lucho Céspedes y Bienvenido Castaño, ya jubilados, pero activos en una agencia de detectives privados tras su paso por las secciones de Sucesos de sus medios. También el humor tiene un peso importante. A ver si consigo meter un asesinato y saber resolverlo, que por lo visto es mucho más comercial.